jueves, 22 de agosto de 2013

Gibraltar, un pedrusco de discordia

España y Gran Bretaña no sacan los cañones, pero el tono sube entre dos países miembros de la Unión Europea en la disputa de Gibraltar.
Ese trozo de piedra de 6km2 y 30 000 habitantes, se convirtió en territorio británico en el tratado de Utrecht al mismo tiempo que ponía fin a la guerra de Sucesión  en España en 1713.
España perdía, así, todas sus posesiones europeas, el Rey de Francia Luis XIV instalaba su nieto Philippe en el trono de España.
Inglaterra recibía, además de Gibraltar, Menorca. La isla Balear regresó a dominio español, pero Gibraltar sigue siendo territorio británico.
Londres se agarra a la roca en nombre de la historia y de la autodeterminación de los pueblos. Los gibraltareños, en 2002, votaron a 99% quedar con la corona inglesa. España reivindica el peñón en nombre de la integridad territorial y las dos capitales se lanzan acusaciones regularmente en nombre del peñón.
La última disputa estalló este verano al lanzar los británicos unos 70 bloques de cemento, según Londres, para regenerar la vida marina, pero que tiene por efecto impedir el acceso a la zona de pesca a los barcos españoles.
El Gobierno español protesta diciendo que las aguas territoriales no estaban incluidas en el tratado de Utrecht y reacciona realizando controles quisquillosos en la frontera con Gibraltar, invocando el espacio Schengen, del que ni Gran Bretaña ni Gibraltar hacen parte.
Los dos Gobiernos lanzan amenazas y para añadir un toque de dramatismo, navíos ingleses llegan a aguas del peñón para realizar maniobras militares.
Esta disputa entre europeos por un trozo de piedra es vieja y surrealista. Es cierto que Gibraltar tiene una situación estratégica a las puertas de África, pero deberíamos esperar mucho más de dos países Europeos que tendrían que apostar por proyectos a la altura de este siglo y cesar las disputas de otros tiempos para dar a este pedrusco la importancia estratégica que tiene, no solo para Madrid y Londres, también para toda Europa.